Más sombras que luces

Más sombras que luces

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miércoles, 28 junio 2017
Reseñas

Por Autista Pop

En las últimas décadas, el trabajo de muchos directores mexicanos en el terreno del cine documental ha destacado dentro y fuera de las fronteras por la originalidad, el rigor, la búsqueda de nuevas formas narrativas y la explotación acertada de la riqueza y variedad de temáticas que tiene este país. Tanto que ya es regla la expresión: México es un país de grandes documentales y, por lo tanto, de directores en esta línea cinematográfica. Desafortunadamente, reza la sentencia, para que toda regla se cumpla debe haber una excepción. A Discolocos, dirigido por David Dávila, coproducido por grupo Discolocos y Arca Laboratorio creativo le ha tocado ocupar esa casilla.

Para comenzar a explicar el hecho podemos aplicar otra máxima popular al trabajo que motiva estas líneas: quien mucho abarca poco aprieta. Lo que se antojaba una experiencia enriquecedora,  acerca de un terreno desdeñado y poco explorado por la academia y los medios de información durante décadas, terminó siendo una retahíla de postales dispersas que no termina nunca de mostrar cuál fue la ruta de viaje. Entre el coqueteo con ser un enorme promocional de una de las empresas productoras, un muestreo errático e incompleto de la cultura que logró generar el high energy en la ciudad de México (mediante testimonios de unos cuantos seguidores, sonideros y coleccionistas), la explotación melodramática de un drama familiar o la historia de uno de los grandes exponentes del género (Pascal Languinard con su Tans-X), el documental tan publicitado no termina nunca de definir su propósito;  no ilustra monográficamente ni desarrolla una tesis concreta sobre el tema. Vaya, ni siquiera cumple la propia aseveración del director sobre su trabajo, hecha tras concluir la última función en el Cinematógrafo del Chopo: el high energy, por la apropiación simbólica que hicieron muchos de sus seguidores, es mexicano.

Esta última tesis hubiera sido afortunada desarrollarse pues, desde hace años, ha sido latente la espera de un documento audiovisual que ofrezca un vistazo amplio a lo ocurrido en México con el high energy, retomando alguna o la totalidad de vetas por explotar: el contexto sociocultural en el que se inscribió, los sectores populares que le dieron abrigo, el acercamiento a la definición del género musical estadounidense y sus correspondencias europeas, la singular forma de bailarlo, los eventos y  lugares de baile, los flyers, la difusión musical (equipos de sonido, programas de radio, casetes, viniles, discos compactos, etcétera), la incrustación en la cotidianidad ochentera y, sobre todo, la diversidad de manifestaciones del gusto e identificación con y por el high energy de sus seguidores, los verdaderos Discolocos, quienes se ganaron el título que poco honra el documental.

El trabajo de Dávila se asoma por algunas de estas vías, pero la falta de rigor y profundidad, así como de un guion consistente, deja más pérdidas que hallazgos en el espectador: los testimonios se vuelven repetitivos, las ambientaciones -sobradas en producción para favorecer la parte autopromocional- le restan frescura a las acciones y palabras de los entrevistados y las secuencias de fotografías más semejantes a trabajos en Power Point anulan la emotividad de la memorabilia. Técnicamente, el trabajo muestra también muchas fallas: en la mezcla de audio, de edición de imágenes, de secuencia, encuadres sin sentido, etcétera. Una de las más notorias es la ausencia de los subtítulos para indicar lugares y los nombres de personajes importantes que dieron vida al ambiente high energy durante la década de los ochenta: Moisés Katz de El Sonido Discotheque, el ilustrador Jaime Ruelas, Manuel Armendariz de sonido Meteor, Apolinar Silva de sonido Polymarchs, José Luis Cornish coleccionista de flyers, entre muchos otros, son confiscados al  anonimato en el documental. Para un público nuevo en el tema esta ausencia seguramente le dará menos claridad para armar el rompecabezas de información que está siendo forzado a armar.

Por fortuna, nos quedan trabajos como De colores la música: lo que bien se baila… jamás se olvida. Identidades sociomusicales en la Ciudad de México: el caso de la música high energy, de Juan Rogelio Ramírez Paredes, las fiestas periódicas e improvisadas de cada fin de semana, así como las conversaciones con los seguidores, coleccionistas, djs y demás protagonistas del movimiento para seguir armando el recuento definitivo de hechos que esperemos algún día cobre todas sus luces, coloridos y emociones. Mientras tanto, que no pare la música y que siga viva la verdadera historia del high energy en México fuera de la pantalla de plata, ahí donde luce y crece todos los días con sus noches.

 

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2 Comments

  1. Sergio Ramírez says:

    Era de esperar este resultado, lamentable que una figura del High Energy (Trans X) se haya devaluado peor que el peso mexicano. No he visto el documental y para ser honesto ni me acordaba que existía, sin embargo, generalmente, de algo a nada…. Pero en este caso, creo que es preferible nada…

  2. Lety Totoy says:

    Que mejor que tu, querido profesor para escribir tan asertada lectura. Te mando un fuerte abrazo. P.D Tu escritura siempre enamora 🙂

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